sábado, septiembre 29, 2007
miércoles, septiembre 26, 2007
lunes, septiembre 24, 2007
domingo, septiembre 23, 2007
Ladrones de fotografías

Sería una mentira si dijera que me sorprendió ver espacios vacíos entre las páginas amarillentas de pegamento. Faltaban emblemáticas fotos de nuestra historia, lo sé aunque ya no recuerdo cuáles.
Somos todos unos rufianes huidos del nido, ladrones de aquellas imágenes que, según evaluamos desde lo individual, nos pertenecen. Yo por ejemplo, soy consciente de mi pecado. Un día regalé una foto en la que mi hermano Alberto aparece disfrazado de ciempiés y yo de doncella. Teníamos 5 y 6 años. No tuve piedad del patrimonio familiar, ni sentí una pizca de vergüenza al entregársela a alguien que seguramente hoy ya no le da ningún valor. Hoy me arrepiento
Mi hermano más grande se llevó un álbum entero con fotos de él. No sé por qué tuvo ese privilegio; siempre se supo que era suyo y es el único que guarda recuerdos desde que nació. Pero a mí me parece que es de todos.
Dispersas las fotografías familiares, tanto como nuestras vidas. Ver el álbum así me pareció por primera vez un sacrilegio, una falta de respeto, de mínima consideración hacia nuestro origen.
Entendí por fin la actitud de mi madre que desde hace algunos años ha venido recolectando fotos, incluyendo en ese ejercicio, otras tantas imágenes que no le pertenecen. Ahí hemos desatado una guerra entre su afán y mi necesidad de recuperar lo que ella me ha tomado. Es un duelo no declarado. Ella dice: "Fabiola, has visto las fotos que tenía guardadas en una bolsa, es que me faltan montones". Yo niego mi participación en los hechos y vigilo el escondite en que he puesto las fotografías usurpadas.
Mi madre, que se esmera por juntar los retazos.
Nosotros que rompimos nuestro álbum.
Después de repasar hoja por hoja llamé a mis hermanos.
En la noche pensé que moriría y que yo me había despedido, como suele hacerse en estos casos.
Entendí por fin la actitud de mi madre que desde hace algunos años ha venido recolectando fotos, incluyendo en ese ejercicio, otras tantas imágenes que no le pertenecen. Ahí hemos desatado una guerra entre su afán y mi necesidad de recuperar lo que ella me ha tomado. Es un duelo no declarado. Ella dice: "Fabiola, has visto las fotos que tenía guardadas en una bolsa, es que me faltan montones". Yo niego mi participación en los hechos y vigilo el escondite en que he puesto las fotografías usurpadas.
Mi madre, que se esmera por juntar los retazos.
Nosotros que rompimos nuestro álbum.
Después de repasar hoja por hoja llamé a mis hermanos.
En la noche pensé que moriría y que yo me había despedido, como suele hacerse en estos casos.
lunes, agosto 27, 2007
Cariño malo
Dicen que no llegaré a puerto contigo. Lo dijeron una vez los amigos y se lo dice ahora una bruja a mi madre. Yo... ¿No llegaré a puerto contigo?
Es cierto acaso que tu no mendigarías afuera de las catedrales por mí? No pedirías limosna en las esquinas por mí?
Dicen que no llegaremos a puerto mi amor pero de qué puerto hablan ellos. No es entonces un puerto donde estuvimos sentados aquel domingo tomando sol? ¿Qué es sino un puerto donde nos cobijamos en la noche, cada día que muere afuera?¿No es un puerto tu palabra, nuestra palabra?
Alguien me preguntó ayer cuál era mi historia.
Y entonces pensé en mi madre porque a ella también tengo que recordarle - a veces- que nunca dejaré de ser quien soy. Nací de un mar violento, y como Vallejo, un día en que dios estuvo enfermo. ¿Por qué cree ella que podría tener un amor mejor?
¿No entiende acaso que este cariño malo es el que me salva?
martes, julio 24, 2007
miedo a las hormigas
Siempre he sentido miedo y mucha vergüenza por tenerlo.
De niña me quedaba despierta hasta tarde para no dormir y no tener pesadillas. En aquella época pensaba en fantasmas, en almas en pena que me aplastaban y me robaban el aliento. En la mañana, al despertar, no quería levantarme porque un oso pardo me agarraría los pies y me arrastraría consigo bajo la cama.
Mi madre se desesperaba y en esa desesperación se irritaba. Yo no podía cumplir sus requerimientos: no podía cerrar la ventana si era ya de noche porque algo o alguien podría tirarme del brazo hacia afuera, no podía ir a buscar un vaso de agua a la cocina ( si era de noche) porque el cuadro del niño-diablo en el pasillo me lo impedía.
Tuve miedo a los perros, a las lechuzas blancas, a las mariposas nocturnas, a los gusanos, a la oscuridad, a los ladrones, a morir, a estar sola, a las hormigas.
¡Le tuve miedo a las hormigas! ¡Quién le teme a las hormigas!.
Fui blanco de las burlas de mis hermanos por eso, por no cruzar el patio si una hilera en batallón se atravesaba en mi camino.
Sólo hace algunos años terminé de dominar casi por completo mis miedos infantiles.
Y cuando pude explicarlos descansé profundo.
Ayer, sin embargo, estuve a punto de perder la cabeza. Fue una sola señal la que me dejó paralizada en la entrada de mi departamento - hasta antes de ese momento- seguro.
De niña me quedaba despierta hasta tarde para no dormir y no tener pesadillas. En aquella época pensaba en fantasmas, en almas en pena que me aplastaban y me robaban el aliento. En la mañana, al despertar, no quería levantarme porque un oso pardo me agarraría los pies y me arrastraría consigo bajo la cama.
Mi madre se desesperaba y en esa desesperación se irritaba. Yo no podía cumplir sus requerimientos: no podía cerrar la ventana si era ya de noche porque algo o alguien podría tirarme del brazo hacia afuera, no podía ir a buscar un vaso de agua a la cocina ( si era de noche) porque el cuadro del niño-diablo en el pasillo me lo impedía.
Tuve miedo a los perros, a las lechuzas blancas, a las mariposas nocturnas, a los gusanos, a la oscuridad, a los ladrones, a morir, a estar sola, a las hormigas.
¡Le tuve miedo a las hormigas! ¡Quién le teme a las hormigas!.
Fui blanco de las burlas de mis hermanos por eso, por no cruzar el patio si una hilera en batallón se atravesaba en mi camino.
Sólo hace algunos años terminé de dominar casi por completo mis miedos infantiles.
Y cuando pude explicarlos descansé profundo.
Ayer, sin embargo, estuve a punto de perder la cabeza. Fue una sola señal la que me dejó paralizada en la entrada de mi departamento - hasta antes de ese momento- seguro.
No podía llamar al conserje y explicarle lo que me pasaba porque se reiría.
No podía llamarlo pero tampoco me atreví a continuar con mi rutina. Estaba ahí, paralizada, intentando no repetir un episodio bochornoso que protagonicé hace algunos años, cuando luego de entrar en el descontrol total grité por ayuda a los vecinos. "¡Alguien se está entrando a mi casa!"- aullé aquella vez, histérica y suplicante. Pero no había nada, ni nadie, sólo mi pánico.
No podía llamar al conserje porque no mostraría semejante secreto en mi nuevo edificio. Tampoco pediría ayuda a mi madre.
Y ahí me quedé, pensando en osos pardos, hormigas, el reto de mi madre, la burla de mis hermanos y mi angustia.
Ahí me quedé varada, sentada en el suelo frente al ascensor, luego de que me atreví a decirte que sí, que era tan importante, no porque corriera peligro mi integridad física, sino porque yo había retrocedido a los 4, 6, 8, 10, 15 años, y necesitaba, contra toda la vergüenza que sentía, que te quedaras conmigo.
sábado, julio 21, 2007
La familia
David pregunta cuánto nos queremos, pero tú no entiendes lo que pide.
Yo comienzo a masticar mierda con tus frases desafortunadas y dudo, dudo de todo.
De la misma forma en la que invierto tanta energía en esta familia en la que creo, la que anhelo, la que me espera al final de la semana como un premio luego de haber corrido la rutina, de la misma forma, me alejo de la otra familia, la que tuve por defecto, la que me duele cuando recuerdo.
Y toda regla de amor, compañía y comprensión corre para este nuevo clan que armamos, no para el que por años me acompañó. Ya casi no los pienso y siento pena por ello.
En alguna época fuimos tan nuestros, comiendo sopaipillas durante las lluvias del invierno, caminando de regreso del colegio. Fuimos tan familia con nuestros odios de niños, con nuestra solidaridad de hermanos frente a la indiferencia de los adultos.
Actualmente parecemos arrancados de aquel seno por una fuerza centrífuga. Como si hubiésemos esperado la más mínima oportunidad para huír despavoridos. Cada movimiento nos ha alejado y cada palabra que decimos a nuestros hijos no corre para nuestros hermanos, ni para esa vida de antaño que nos separa, a la que le hemos dado vuelta la cara para seguir vivos.
No podemos volver atrás. Tenemos que seguir el camino.
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