domingo, febrero 11, 2007

Para Deeply

Vivir y no sentir la vergüenza de ser feliz.
(Vinícius de Moraes)

viernes, febrero 02, 2007

Él, Ella y Yo (y la sonrisa de Antonia)

Pudo ser peor, pero aún sonreírnos ante la sorna con que nos trata la vida. Ante la sorna con que tratamos nuestras vidas.

Ella me mira, seria, herida, no puede controlar el semblante. Yo le sonrío con solidaridad femenina y pienso:- "No es nada personal, querida. En otra circunstancia hasta hubiésemos sido amigas".

Luego ella sonríe y se escuda en los arrumacos de su hija Catalina.

Ese que es el padre tiene sonrisa de cobarde. El gesto de sus cejas da explicaciones por el "error" cometido, por el engaño, por el abandono del que es autor.

Yo sonrío impecable e implacable. Porque no debo nada y me deben todo.

Antonia es la única que sonríe genuinamente. Tiene derecho y lo disfruta. Ha esperado demasiados años para ese momento y no hay nada que pueda interferir con su deseo.

Nada, ni nuestras tensas muecas, ni nuestra torpe conversación para salir del paso.

Estamos ahí parados frente al Sr. del Consulado. - "Yo soy el padre y ella es la madre de la niña"- le dice Él al funcionario. "Somos los padres"- repite, y yo respiro profundo porque cada cosa ha vuelto a su lugar.

jueves, enero 18, 2007

Gracias por el regalo

Mis amantes debieran saber que es muy fácil hacerme feliz con un gesto como el tuyo.
Como abrir el mail y encontrarme con este regalo.
Gracias Alberto.

jueves, diciembre 07, 2006

Soberbia


Nunca le pido nada a Dios, entre otras cosas, porque no me concede lo que le pido. Mas bien, yo no le concedo a él la posibilidad de hacer mis deseos realidad así gratuitamente, sin mérito alguno.
La verdad, no creo en dios, no le miro, ni le pienso desde mis tiempos de adolescencia.
Y tal vez sea esta cuota de soberbia la que me tiene exausta por estos días. Habiendo jugado tanta energía, estrategia y argumento, convencida de que las cosas cambiarían, como si de mérito se tratara, como si fuera -en palabras de mi amiga Mel- que la vida da cuando uno pide.

Pero aún estoy aquí en los mismos lugares, con los mismos sentimientos y pensando, ahora sí, en que lo que hago no basta, anhelando una ayudita externa de la suerte o algún santo. Estoy errando a pesar de mi esmero. Así que dios, si no vas colaborar, al menos mantente al lado del camino. Si cambias de parecer, entonces, dame un milagro para empezar otra vez.

viernes, noviembre 24, 2006

Tu tristeza, la mía


El otro día estuve cara a cara frente a tu tristeza. No pensé jamás que fuera capaz de recibirla, entre otras cosas, porque la tristeza es en sí un acto solitario.Uno puede "ayudar a sentir", como en los antiguos velorios a la viuda, o decirle a un amigo que ya pasará. Pero sólo logrará salir del paso, romper la incomodidad frente al dolor ajeno. Quienes han estado en ese transe saben que nada de lo que hay afuera calmará la pena, o la pérdida.

Pero el otro día yo estuve dentro de tu tristeza, la sentí en mis dedos, en mis huesos... y la quise.
Yo dije que uno vive la mitad de la vida echando a perder y la otra mitad reparando.
Tu terminaste "optimista reflexión" diciendo que como si fuera poco, un buen día uno se muere.
Claramente no se trataba de consuelo. Estábamos tu y yo frente a nuestra tristeza y no había necesidad de palabras alentadoras.

miércoles, noviembre 01, 2006

Odio I

Fui criada en la más rigurosa moral y por eso en mi vida nunca hubo permiso para odiar. Estaba prohibido -recuerdo- reírse del amigo que se caía o burlarse de la desgracia ajena. Era un mandato de rectitud, que al no ser cumplido traía la sanción más terrible: la reprobación en la mirada materna.
Fue bueno porque nos hizo personas bondadosas, solidarias, sin embargo, también nos alejó de la diversión liviana, del juego simple y cruel, amoral de la infancia. Todo se cargó con un peso y una densidad, a ratos insoportable para poder vivir la vida loca y superflua de todos los mortales. Nosotros éramos "niños morales", "niños justos", de esos que defendían al débil del curso y que se enfrentaban al vecino abusador. Por eso mismo, éramos "niños ofendidos", "niños graves", "niños que se tomaban la vida en serio".

Asumí tan épicamente el mandato que no me atreví a sentir rabia frente a quienes me hicieron daño.

Los años trajeron nuevas licencias y de adolescente me arrogué el derecho a despreciar. Pero mi desprecio y mi odio, hay que decir, nunca fue nada más que una niñería, una pose...hasta ahora que te he encontrado, así, sin más.

domingo, octubre 22, 2006

El asesino de cisnes




Para Deeply:
Los cisnes comprenden los signos
. Victor Hugo. (Les Misérables
)
www.relatosfranceses.com

A fuerza de consultar tomos de Historia Natural, nuestro ilustre amigo, el doctor Tribulat Bonhomet había terminado por aprender que «el cisne canta bien antes de morir». Efectivamente, —nos confesaba aún en fechas recientes— desde que la había escuchado, sólo esa música le ayudaba a soportar las decepciones de la vida, y cualquier otra ya no le parecía sino una cencerrada, puro «Wagner». ¿Cómo había conseguido esa alegría de aficionado? Así: En los alrededores de la antiquísima ciudad fortificada en la que vive, el práctico anciano había descubierto un buen día en un parque secular abandonado, a la sombra de grandes árboles, un viejo estanque sagrado, sobre el sombrío espejo del cual se deslizaban doce o quince apacibles aves; había estudiado meticulosamente los accesos, calculado las distancias, observado sobre todo al cisne negro, el vigilante, que dormía, perdido en un rayo de sol. Éste, permanecía todas las noches con los ojos bien abiertos con un guijarro en su largo pico rosa, y si la más mínima alarma le revelaba peligro para aquellos a quienes guardaba, con un movimiento del cuello, lanzaba bruscamente al agua el guijarro, en mitad del blanco círculo de los dormidos para que los despertara: al oír aquella señal, el grupo, guiado por su guardián, habría echado a correr en medio de la oscuridad hacia avenidas profundas, hacia lejanos céspedes, hacia alguna fuente en la que se reflejaban grises estatuas, o hacia cualquier otro refugio conocido por su memoria. Y Bonhomet los había contemplado largo rato en silencio, sonriéndoles incluso. ¿No era pues con su último canto con el que, como perfecto diletante, soñaba regalarse muy pronto los oídos?.A veces, pues, cuando sonaban las doce de alguna otoñal noche sin luna, fastidiado por el insomnio, Bonhomet se levantaba de repente y se vestía de forma especial para asistir al concierto que necesitaba volver a escuchar. Tras introducir sus piernas en descomunales botas de goma forradas que prolongaba, sin sutura, una ancha levita impermeable convenientemente forrada también, el huesudo y gigantesco doctor, introducía las manos en un par de guanteletes de acero blasonado provenientes de alguna armadura de la Edad Media (guanteletes de los que se había convertido en feliz propietario después de abonar treinta y ocho hermosas monedas —¡Una locura!— a un anticuario). Hecho esto, se ceñía su amplio sombrero moderno, apagaba la vela, descendía y, con la llave de su casa en el bolsillo, se encaminaba, a la burguesa, hacia la linde del parque abandonado. Enseguida, se introducía por oscuros senderos hacia el retiro de sus cantantes favoritos, hacia el estanque cuya agua poco profunda, y bien sondeada por todas partes, no le pasaba de la cintura. Y, bajo la bóveda de arboleda próxima a los aterrajes, ensordecía sus pasos al pisar ramas secas. Cuando llegaba al borde del estanque, lenta, muy lentamente —¡sin hacer ruido alguno!—, introducía una bota, luego la otra, y avanzaba dentro del agua con precauciones inauditas, tan inauditas que apenas se atrevía a respirar. Como el melómano ante la inminencia de la cavatina esperada. De tal manera que, para dar los veinte pasos que le separaban de sus queridos virtuosos, empleaba normalmente entre dos y dos horas y media, hasta tal extremo temía alarmar la sutil vigilancia del guardián negro. El soplo de los cielos sin estrellas agitaba lastimeramente las altas ramas en la oscuridad que rodeaba el estanque, pero Bonhomet, sin dejarse distraer por el misterioso susurro, seguía avanzando insensiblemente y tan bien que, hacia las tres de la madrugada, se encontraba, invisible, a medio paso del cisne negro, sin que éste hubiera percibido ni el más mínimo indicio de su presencia. Entonces, el buen doctor, sonriendo en la oscuridad, arañaba suave, muy suavemente, rozando apenas con la punta de su índice medieval, la superficie anulada del agua, delante del vigilante... Y arañaba con tal suavidad que éste, aunque algo sorprendido, no juzgaba esta vaga alarma como de una importancia digna de lanzar el guijarro. El cisne escuchaba. A la larga, cuando su instinto se percataba vagamente de la idea de peligro, su corazón, ¡oh! su pobre corazón ingenuo se ponía a latir horriblemente, lo que llenaba de júbilo a Bonhomet. Y los bellos cisnes, uno tras otro, perturbados por ese ruido en lo profundo de su sueño, sacaban ondulosamente la cabeza de debajo de sus pálidas alas plateadas y bajo el peso de la sombra de Bonhomet, entraban poco a poco en un estado de angustia, percibiendo no se sabe qué confusa consciencia del mortal peligro que los amenazaba. Pero, en su infinita delicadeza, sufrían en silencio como el vigilante, al no poder huir puesto que el guijarro no había sido lanzado. Y todos los corazones de aquellos blancos exiliados se ponían a dar latidos de sorda agonía, inteligibles y claros para el oído maravillado del excelente doctor que sabía muy bien lo que moralmente les producía su cercanía y se deleitaba, en pruritos incomparables, con la terrorífica sensación que su inmovilidad les hacía padecer.«¡Qué dulce resulta estimular a los artistas!» se decía en voz baja. Tres cuartos de hora, más o menos, duraba este éxtasis que no habría cambiado ni por un reino. ¡De repente, un rayo de la Estrella de la Mañana, deslizándose entre las ramas, iluminaba de improviso a Bonhomet, así como las aguas negras y los cisnes con ojos repletos de sueños! El vigilante, aterrorizado por aquella visión, arrojaba el guijarro... ¡Demasiado tarde!... Con un grito horrible en el que parecía desenmascararse su almibarada sonrisa, Bonhomet se precipitaba, con las garras en alto y los brazos tendidos, hacia las filas de las aves sagradas. Y eran rápidos los apretones de los dedos de acero de aquel paladín moderno, y los puros cuellos de nieve de dos o tres cantantes eran atravesados o rotos antes de que se produjera el vuelo radiante de los demás pájaros-poetas. Entonces, olvidándose del buen doctor, el alma de los cisnes moribundos se exhalaba en un canto de inmortal esperanza, de liberación y de amor, hacia los Cielos desconocidos. El racional doctor sonreía de este sentimentalismo del que, como serio conocedor, sólo se dignaba saborear una cosa: EL TIMBRE. No apreciaba musicalmente nada más que la singular suavidad del timbre de aquellas simbólicas voces, que vocalizaban la Muerte como una melodía. Con los ojos cerrados, Bonhomet aspiraba en su corazón las vibraciones armoniosas, luego, tambaleándose, como en un espasmo, iba a dejarse caer en la orilla del estanque, se tendía sobre la hierba, se acostaba boca arriba, dentro de sus ropas cálidas e impermeables. Y allí, aquel Mecenas de nuestra era, perdido en un torpor voluptuoso, volvía a saborear en lo más recóndito de su ser el recuerdo del canto delicioso —aunque viciado por una sublimidad según él pasada de moda— de sus queridos artistas. Y, reabsorbiendo su comatoso éxtasis, rumiaba así, a la burguesa, aquella exquisita impresión hasta el amanecer. Villiers de L'isle-Adam (1887).