
La memoria me trae problemas frecuentemente.
En una dimensión, tengo que lidiar con todos aquellos registros grabados a hierro caliente, muchos de ellos que a menudo me hacen trastabillar. Ahí, la memoria me friega, es imposible desconocerla y hay que buscar estrategias para vivir con las marcas, aceptarlas, exhibir las cicatrices y agarrarles cariño, como compañeras de camino que nunca dejarán de estar.
En otro plano, en cambio, la memoria ha desaparecido. Toda la información que he recibido a lo largo de mi vida se ha sumergido en un mar desordenado de vaguedades. Jamás puedo recurrir de manera rápida a un contenido que quiero citar. No sirven de nada los libros leídos, las películas vistas, los conocimientos adquiridos, a menos de que sean muy, pero muy significativos.
Mi memoria es una maldita idiota que sólo guarda lo que me hace sentido, y parece ser muy poco.
Carezco de catálogos mentales, de cajoncitos ordenados para guardar la información. Debe ser un castigo a la pedantería, o una manera de estar afuera de la tertulia, al margen de la conversación...
No sé.... pero no se fíen de mí porque de un segundo a otro puedo perder el hilo del tema que estamos hablando y quedar atrapada en un gesto que nada tiene que ver con el contexto.
No se fíen de mí porque puedo olvidarlos, y entonces ustedes sí recordarán que yo sólo guardo lo que me es significativo.



